Científicos de renombre, destacados intelectuales, brillantes políticos, figuras como Felipe Poey, Enrique José Varona, Fernando Ortiz, Julio Antonio Mella, Raúl Roa, José Antonio Echeverría, y Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana, se formaron en las aulas del centro de altos estudios.
La primera vez que subí la escalinata de la Universidad de La Habana acababa de cumplir los 20 años e iniciaba los estudios superiores; a partir de entonces nunca dejé de sentir el hechizo de un lugar que resulta siempre de especial interés para quienes lo conocen. No me canso de pisar sus peldaños, mientras imagino que otros lo hicieron antes que yo.
Espaciosa y gallarda se ve flanqueada por los vetustos edificios de las antiguas facultades de Farmacia y de Ciencias Comerciales, en cuyas paredes exteriores aún pueden leerse las inscripciones en latín: Tibi Gratia: gracias a ti, y Hoceratin Votis: estos eran tus deseos, con que sus constructores la honraron.
Más adelante y ya coronando la cima, frente al grecolatino frontispicio del rectorado, la estatua del Alma Mater testigo presencial de más de una demostración de combativa audacia revolucionaria que acoge de forma perenne a los educandos.
Ceñida por dos artísticas escaleras y formando un imponente conjunto, muy a tono con la idea de sus constructores imbuidos de un neoclásico gusto por el Ágora Ateniense, o el Foro Romano, se alzan los 88 escalones, que conducen a lo más alto del saber humano.
Desde hace algunos años, la Universidad donde el líder histórico de la Revolución confesó en una ocasión que se hizo revolucionario, acoge también a los adultos mayores, entre éstos algunos que retornan a ella después de largos años de ausencia, y otros que alguna vez desearon ser sus alumnos.
Emociona cada inicio de curso escolar verla subir a decenas de jóvenes que conforman el nuevo ingreso de los cursos diurnos, felices y realizados, luego de largos años de desvelos y estudios para lograr la magia de ser estudiantes de la Universidad de La Habana, un lugar que trasciende en el tiempo a la vez que constituye un sitio emblemático de la capital del país.
En 1728 un Breve Apostólico le concedía a la orden de los Padres Predicadores, conocidos como Dominicos, la autorización para fundar en la villa de San Cristóbal de La Habana, lo que sería la vigésimo primera universidad de América. Desde entonces la Universidad de La Habana ha servido ininterrumpidamente a la ciencia y a la nación cubana en múltiples campos.
Una sólida historia de ejercicio académico por parte de prestigiosos profesores, conforman uno de los más importantes valores de la Universidad de La Habana: su tradición de excelencia en la creación de profesionales que responden al llamado de su tiempo.

















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